Como es tradición ya, el pasado 20 de setiembre se celebró el Día de la Libre Expresión del Pensamiento. Desde el año 2007 la Gran Logia de la Masonería del Uruguay premia a aquellas personas o instituciones que con su actuación en nuestra sociedad se destacan por su compromiso, defensa y promoción de la Libre Expresión del Pensamiento


En esta oportunidad, el martes 20 de Setiembre las instalaciones del Ateneo de Montevideo se vieron colmadas por el público asistente en donde se entregó el premio del año "Libertad de Expresión del Pensamiento" al ex presidente de la República, Dr. Julio María Sanguinetti

A continuación recordamos las palabras mencionadas por el Venerable Gran Maestro, Noé dos Santos y por el premiado, Dr. Julio María Sanguinetti.

 

Video de la ceremonia

 

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 Fotos del Evento

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 Palabras pronunciadas por el Venerable Gran Maestro Noé dos Santos

 

Autoridades nacionales y departamentales presentes,
Señor Presidente del Ateneo de Montevideo, Cnel. Leonardo García y miembros de su directiva,
Invitados especiales,
Dr. Julio María Sanguinetti,
Señoras y señores,
Hermanos todos.

 

En nombre de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, queremos agradecer su presencia en este acto en el que celebramos el Día de Libertad de Expresión del Pensamiento que, como ustedes saben, conmemoramos cada 20 de setiembre y que fuera instituido como tal por la Ley 17.778 del 11 de mayo de 2004.

Desde 2007, la Masonería del Uruguay instituyó este Premio anual ”Libertad de Expresión del Pensamiento” recibiéndolo el Dr. Carlos Maggi, en la primera oportunidad y en los años siguientes: ANDEBU, el Dr. Hebert Gatto, el Dr. Gerardo Caetano, el periodista Danilo Arbilla, el Ateneo de Montevideo, el periodista Alfonso Lessa y “La Tertulia” de En Perspectiva que dirige el periodista Emiliano Cotelo. El pasado año lo recibió el periodista Claudio Paolillo.

En esto diez años hemos tenido la intención de resaltar con este premio la actuación de quienes dedican su esfuerzo a la defensa y promoción de la libre expresión.

Celebramos en este 2016, 160 años de vida institucional de la Masonería del Uruguay, fundada el 17 de julio de 1856 como Supremo Consejo y Gran Oriente del Uruguay, culminando así un largo y azaroso proceso de unificación y regularización de la vida masónica en el Uruguay, que había comenzado mucho antes de que nuestro país se erigiera en República en 1830.

Desde entonces hemos estado trabajando permanentemente en fomentar la laicidad y la educación en valores, conceptos que consideramos básicos para el desarrollo de la libertad de conciencia que debe tener cada individuo para ser un librepensador.
Sostenemos que la tolerancia —entendida como aceptación de la singularidad del otro— debe ser condición fundamental para alcanzar la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

Las épocas cambian, la sociedad no es la misma, la familia también ha cambiado, pero estamos convencidos de que los valores de equidad y justicia, de vivir respetando al que piensa diferente, manteniendo mutuo respeto y de trabajar para una educación laica, nos van a seguir inspirando porque son bases del librepensamiento.

En estos últimos 160 años, muchos fueron los masones que se destacaron en todos los ámbitos de la sociedad, en la política, la enseñanza, la industria, el comercio, los negocios y en la cultura. Pintores, escultores, escritores y músicos masones nos han legado su arte como forma de expresión de la creación, la belleza y la armonía que debe imperar en la vida de todo ser humano.

Siempre estaremos del lado de quienes respetan las ideas políticas, religiosas de los demás. Los masones creemos en la existencia del Gran Arquitecto del Universo, que es un principio creador, superior, ideal y único y cuya interpretación es absolutamente personal y libre de cada masón.

No admitimos el menoscabo de la libertad de pensamiento y no imponemos ningún límite a la búsqueda de la verdad, búsqueda a la que estamos dedicados en forma permanente y que sabemos muchos otros también lo están.

En ese sentido, recordamos lo que decía el diario “La Razón” en 1879, en una crónica sobre un homenaje de la Logia “Les amis de la Patrie” a José Pedro Varela. Escribían: “Sin ser masón practicaba los principios que la masonería lleva en su bandera”.

Por otra parte, la laicidad, en tanto principio y praxis de tolerancia y anti dogmatismo, asegura la libertad de conciencia y de pensamiento, en el marco de una convivencia pacífica.

Pese a que desde 1918 tiene en Uruguay rango constitucional y a que se ha constituido en parte de la identidad de los uruguayos, en los últimos tiempos la laicidad ha empezado a ser cuestionada, so pretexto de darle una nueva definición y alcance.

La Gran Logia y sus integrantes en diversos ámbitos del quehacer nacional han venido reivindicando la laicidad tal como ha sido entendida históricamente en Uruguay, alertando de las consecuencias que podría acarrear una redefinición que limite su sentido y alcance.

En esa prédica, se ha destacado la opinión del Dr. Julio María Sanguinetti, de larga y reconocida trayectoria como ciudadano y periodista, defendiendo la laicidad en tanto promotora del espíritu republicano y sus valores de libertad, tolerancia y respeto a las ideas y a la dignidad humana.

Por todas estas razones y por su trayectoria a lo largo de los años y por distintos medios, este año, la Masonería del Uruguay decidió entregar el Premio “Libertad de Expresión del Pensamiento” al Dr. Julio María Sanguinetti, a quien, en primer lugar, le hacemos entrega de esta Placa como testimonio de nuestro reconocimiento. Y luego le cederemos la palabra.

 

 

 

Palabras pronunciadas por el premiado, ex-Presidente de la República, Dr. Julio María Sanguinetti

 

Señor Gran Maestro de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, Señor Presidente del Ateneo, estimados amigos todos.
Es para mi un gran honor, sin duda, recibir este reconocimiento; por lo que significa esta institución en la historia del país, por lo que sigue significando el mantener vivos los principios fundamentales de nuestra concepción liberal y humanista del mundo y en nuestro país.

Soy un viejo periodista, tengo más de 60 años desde el día en que entré a la primera redacción y sigo cultivando el periodismo porque es la única profesión que no me abandonó; yo tampoco la abandoné a ella. Y la libertad de expresión del pensamiento “es la garantía de todos los demás derechos, porque cuando ella se pone en riesgo quedan en cuestión todos los demás derechos”, como nos recordaba siempre el maestro Aréchaga, que nos formó a tantos de nosotros; a algunos que fuimos sus alumnos directos y a otros que aquí están, que son hijos y nietos del pensamiento de Justino, que sigue siendo el gran inspirador de nuestro pensamiento constitucionalista.

De modo que es a partir de esta reflexión que tenemos que decir que, desgraciadamente, tenemos que seguir dando premios y aceptando premios los periodistas sobre esto que debería ser un valor tan entendido, algo tan asumido, como un hábito de las sociedades en el mundo y en nuestra Latinoamérica. Sin embargo, tiene que seguir siendo motivo de batalla, motivo de lucha, expresión de combate y tenemos que mantener vivo ese sentimiento y esa constante pasión, cuando vemos todos los días cuestionado.

Recuerdo a Claudio Paolillo —aquí mismo, en la última ocasión— hablando y haciéndonos el panorama dramático de la lucha de la libertad de expresión del pensamiento en nuestra América Latina, sus eclipses, sus batallas. Hoy mismo, todavía en muchos de nuestros países está cuestionada. Hemos mejorado, sí. En la Argentina, por ejemplo, hoy hay más libertad de la que hubo hasta hace muy poco tiempo, con agresiones pocas veces vistas a las personas de los directores, de los propietarios de los medios de comunicación. Pero en Venezuela se sigue agrediendo la libertad: hay medios conculcados, hay radios cerradas, hay medios de comunicación independientes desaparecidos.

Y eso nos impone, todavía, el derecho, la necesidad, la obligación de seguir levantando la bandera de la libertad de expresión del pensamiento. Lo hacemos, naturalmente, con toda la convicción del pensamiento democrático en un mundo que, como bien se decía en las palabras inaugurales aquí, ha cambiado mucho. Sin embargo, los principios inspiradores de la concepción humanista de la vida siguen siendo los mismos.

En escenarios distintos, los principios de libertad, la moralidad ambiente, sí, todo ha ido cambiando y evolucionando con la sociedad. Por ejemplo, hubo un tiempo de la moral religiosa, que dominaba el pensamiento y la organización de la sociedad. Luego, los principios de la ilustración —siglo XVII y siglo XVIII, John Locke, Kant— abren el mundo a una conciencia nueva. La libertad, la humanidad, la fraternidad, la solidaridad, los principios de las grandes revoluciones liberales. Todo eso construye sin ninguna duda lo que se llamó el pensamiento moderno.

Los últimos años, sin embargo, hemos vivido esto que se ha llamado posmodernidad. Es una suerte de debilitamiento de esos principios, de debilitamiento de esas concepciones, de establecimiento de una cierta moral hedonista, de escaso espíritu fraterno, de cierto espíritu egoísta, de avance materialista, de debilitamiento de las instituciones, de cultivo de las descreencias, que parecen ser más cómodas de vivir que la defensa, en cambio, de aquellos principios y valores que representan y significan las instituciones.

El Estado cuestionado, los partidos políticos cuestionados, las instituciones en general cuestionadas y debilitadas por fundamentalismos. Y eso es lo que nos lleva a tener que seguir, no solo custodiando la libertad de expresión del pensamiento sino todo lo que significa esa concepción humanista de la vida, en medio de ese aflorar de nuevos fundamentalismos.

¿Quién diría que hoy, con todas las conquistas de la secularización en el mundo occidental, todavía tenemos que estar viviendo, en el universo contemporáneo, una guerra de religión? Parece un anacronismo histórico demasiado fuerte, pero allí está presente. El Papa reconoce que hay una guerra pero dice que no es de religión. Pero lo es, se equivoca. Es una guerra de religión que se enfrenta justamente a los valores sustantivos de Occidente. Se trata de una expresión de intolerancia, de fanatismo, de negación de todos aquellos valores que se han construido a lo largo de tanto tiempo. Porque esto que hoy mencionamos (democracia, humanismo, libertad, constitucionalidad) no fue el resultado de una gracia divina sino de un largo producto, de una evolución sacrificada de generaciones para llegar a construir, justamente, estas sociedades abiertas. No fue un acto espontáneo sino el resultado de una larga lucha. Y esos son, precisamente, los valores que hoy están siendo negados a través del fundamentalismo religioso, que en este caso es islámico como en otros tiempos fue cristiano, y en otros tiempos distintos estuvo en otros escenarios. Y afecta a todos esos valores de Occidente. En algún momento de tergiversación, de confusión, se reducía todo ese conflicto al Medio Oriente, a cierto enfrentamiento de israelíes con palestinos, haciendo un reduccionismo equivocado a lo que era una confrontación mucho mayor, como hoy lo estamos viendo. Porque perseguidos son todos aquellos que no acepten la imposición intolerante de esa visión dogmática.

Francia, el país de la Revolución, de las libertades, de las expresiones más encendidas de la cultura, es hoy el escenario de ese combate de un modo dramático, que hiere incluso la propia sustancia de la identidad francesa, tan adherida y tan implícita en los viejos y grandes valores de la liberte, egalité y fraternité de la Revolución Francesa y que hoy son el escenario mayor de ese debate sustantivo entre la libertad y la intolerancia, entre el pensamiento racional y el dogmatismo.

Fundamentalismos que, sin embargo, no son solo religiosos. Curiosamente, esta posmodernidad que combatía aquellos principios de la ilustración, esta posmodernidad que pretendía ser una exaltación del ego y de la individualidad, ha terminado justamente en la exaltación de esos fundamentalismos.

Porque también hay un fundamentalismo democrático, sin ir más lejos, que es el que establece que el principio de la mayoría autoriza a arrasar las libertades individuales o los derechos de las minorías. Hay un fundamentalismo democrático, que en Latinoamérica se llama populismo, que es aquel que nace en ciertos momentos a través de una mayoría política que se encumbra y luego usa el Estado para preservar definitivamente y de modo absoluto su poder. Incluso se arrastra y se desliza a la corrupción para sostener ese poder a lo largo del tiempo, vestido de la fachada formal de una democracia que se niega, que se desconoce, que se debilita, que se carcome, cuando —justamente— se usa todo el poder del Estado y aun de sus finanzas para el sostenimiento de ese poder, que siempre empieza cuestionando los dos grandes valores sustantivos de la organización de la libertad que son la justicia y la libertad de expresión del pensamiento.

Es hacia ellos donde siempre se dirigen estas corrientes populistas, estos fundamentalismos democráticos. Que tienen una vieja raíz en el pensamiento filosófico, llevado a su tergiversación, como el de Rousseau, con su voluntad general, no pensada en esa idea pero luego desarrollada desgraciadamente en este producto bastardo, en este producto espurio que han sido los populismos. Fundamentalismo democrático, sí, porque nace de un acto electoral un día pero que luego organiza el desconocimiento de todas esas libertades y tergiversa la esencia del mismo sistema. Y eso lo estamos viviendo y lo estamos sufriendo. Y si hay momentos o instancias en que eso va pasando, aún hay mucho para luchar y quizás Venezuela sea el escenario más claro de esa tergiversación.

Hay fundamentalismos científicos también. Vivimos un tiempo de revolución científica. Ha sido quizás la mayor creación humana liberadora. La ciencia y el arte son las expresiones máximas de la creación humana, de su intelecto, de su espíritu, de su búsqueda, de su inquietud. Sin embargo todas también tienen su patología cuando el exceso las tergiversa.

Saint Simon tal vez fue el pensador que llevó al extremo ese cientificismo, al pensar que la política iba a desaparecer, que la discrepancia iba a desaparecer, que las decisiones políticas iban a ser meras decisiones técnicas, definidas en la administración a través de resoluciones científicas. Los hombres son también sentimientos, los hombres son también pasiones, las sociedades son combates de ideas y aquello ha ido quedando atrás, pero sin embargo los excesos de las ciencias son aquellos que justamente el pensamiento humanista debe controlar.

La ciencia es por sí amoral, es decir, no está conducida por un pensamiento ético. Es un ejercicio racionalista que, como decía Goya, “puede engendrar también monstruos”. De ahí que esa ciencia debe estar acotada, no solo por las leyes sino por los principios éticos, por la moral, porque a veces produce consecuencias no queridas.

Pensemos, por ejemplo, en la psicología, en lo que ha significado Freud, lo que han significado sus continuadores, lo que ha significado la liberación de prejuicios de comprensiones mentales, lo que ha significado la identificación de las pasiones, de los atributos instintivos de lo humano. La psicología ha liberado un espacio gigantesco del pensamiento humano. Pero también ha tenido tergiversaciones que padecemos, porque una cosa es la psicología y otra es el psicologismo llevado al extremo, a través del cual, por el temor al trauma, se ha instaurado —por ejemplo— una pedagogía del “permisivismo”, una pedagogía que no busca la excelencia, una pedagogía que, por temor al trauma y a la discriminación, termina diluyendo los valores fundamentales de la educación que son la formación de una conciencia moral y un principio constante de la evolución de la humanidad hacia el progreso y la superación.

Y eso es un debate que recorre el pensamiento educativo de todas las sociedades contemporáneas. Acá tenemos ese debate pero está instalado en todo el mundo occidental; lo vemos en Francia, en Italia, en los Estados Unidos: de qué modo los excesos de la autoridad o los excesos de una pedagogía autoritaria han llevado al otro extremo de que ya el profesor no es profesor, diluyendo aquel concepto de que uno profesa y el otro es el que tiene que aprender, de que hay un educador y hay un educando y que el primero, si está, es porque se supone que ha llegado a niveles de educación mayores que aquel que viene a aprender y a recibir.

Hay también ese fundamentalismo científico, que se emparenta con los fundamentalismos materialistas. Nace del pensamiento de izquierda, como a veces nace del pensamiento de derecha.

El pensamiento marxista estableció que el desarrollo de la humanidad era la lucha de clases y que los factores materiales eran aquellos que determinaban la llamada superestructura espiritual y esa concepción materialista engendró la supresión de la libertad, la supresión del individuo, la visión comunitarista, la disolución de la capacidad del hombre a cambiar, a opinar y a reformarse, todo ello eran las corrientes de la historia en las cuales estábamos inmersos.

También, en el otro extremo, ha aparecido ese fundamentalismo materialista. La creencia de que solo esa libertad económica iba a ser el sustento de una nueva democracia, que solo ella era la que podía construir el progreso y la prosperidad, sin entender que los valores del espíritu solidario estaban mucho más allá de lo que era el simple crecimiento económico, de lo que era simplemente el desarrollo material.

Y esos fundamentalismos allí están, y son parte del combate que aún ha de tener la democracia humanista. Que son, al final de cuentas, expresiones todas de lo que es el combate por la laicidad, que todavía lo tenemos que seguir dando. Porque laicidad es fundamentalmente eso: libertad de conciencia, libertad de creencia, libertad del espíritu para opinar y sentir aquello que se piensa y que se siente, como es libertad para expresarlo. Como es la libertad de cultos. Como es la libertad de asociación y de congregación. Como es la libertad para las organizaciones religiosas o las organizaciones como ésta, de espíritu humanista, de espíritu principista.

Y sí, tenemos todavía que seguir discutiendo. El país tiene, por suerte, una magnífica tradición. El país construyó, no sin debate, no sin polémicas, no sin pasiones, esa república laica, pero ella es muy particular. Porque tenemos que pensar que, así como muchos Estados se construyen sobre la base de preexistentes configuraciones adheridas a un territorio o a una civilización —aún sin pensar en Europa, pensemos en un México, pensemos en un Perú, que representan una evolución que viene desde los siglos—, nosotros somos, por el contrario, una expresión muy posterior. No respondemos a civilizaciones históricas asentadas aquí que constituyeran un patrimonio que nos condiciona, que nos forma o que está en nuestros antecedentes. No, nuestra sociedad se fue formando por aluviones. Los muy pequeños contingentes indígenas del comienzo, de los españoles más tarde en una sociedad eminentemente militar —porque esto era una frontera, básicamente—, los grandes aluviones inmigratorios del último tercio del siglo XIX, que son los que transforman realmente nuestra sociedad con gente de todos los horizontes, de italianos, gallegos, valdenses, judíos, libaneses, en fin, todo lo que configuró esa sociedad uruguaya y de esa amalgama fue naciendo una nación que no estaba llamada a tener inevitablemente un destino territorial.

No somos, entonces, los hijos de un territorio preexistente, no somos los herederos de una civilización preexistente. Somos, por el contrario, los herederos de una construcción que hicieron nuestros mayores, que se fue forjando, primero en los valores de la cultura occidental, luego en los valores de la democracia, que comienzan en el artiguismo, y luego en los valores de la república laica, que es un largo debate que empieza alrededor de 1860 y que se puede decir que culmina en la Constitución de 1917, de 1918, pero que aún sigue necesitando también de debates, que aún sigue también necesitando de defensa.

El país tiene incorporado el concepto de laicidad. Hace un tiempo participé, por ejemplo, de una reunión de la Iglesia Católica, llamada “Atrio de los Gentiles”, en la cual el tema era la laicidad como ADN uruguayo. Es decir, que la Iglesia Católica hubiera asumido eso, marcaba —sin ninguna duda— un principio de evolución muy importante. Que la propia Iglesia hiciera una reunión y nos invitara a quienes no somos católicos para poder discutir el tema, era un avance.

Sin embargo, en los últimos tiempos estamos viviendo retrocesos en esos debates. Estamos viviendo avances hacia un desconocimiento paulatino de ese principio de laicidad. Se considera que hay la necesidad de reconquistar para el pensamiento religioso el espacio público, considerando que se le ha relegado al espacio de la conciencia individual y que ello supone una violación de principios de libertad. Y no es así porque la libertad de conciencia y la libertad de culto son dos caras de la misma medalla y ellas son también, inevitablemente, la expresión del concepto democrático, porque no se concibe una democracia sin una laicidad en el sentido que la ha organizado el país. Que no solo es tolerancia religiosa sino que es respeto a la conciencia cívica y espiritual de los niños en las escuelas o de los adolescentes en los liceos y en las universidades. Que es el respeto a todo aquello que significa la posibilidad de expresarse desde ese punto de vista. La solidaridad, la tolerancia.

Francia, como decíamos hace un rato, tiene al rojo vivo estos debates. Y eso felizmente no ha llegado al Uruguay. Cuando apareció aquí la presencia de algunas niñas islámicas con sus hábitos de cubrirse la cabeza en nuestros liceos y en nuestras escuelas, planteé ese tema. No tuve, desgraciadamente, una adecuada respuesta. Al revés, las autoridades de la Educación, que confunden el principio de laicidad, dicen que eso es una expresión del pluralismo. El pluralismo es diversidad de opiniones pero diversidad de opiniones no supone irrespeto para los valores colectivos, el primero de los cuales es el respeto a la igualdad y un valor o un símbolo ostensible de discriminación de la mujer, como lo es esa indumentaria, es una expresión contraria a los valores del orden público constitutivo de nuestro país.

Por supuesto, felizmente no hay una expresión mayoritaria de ese mundo como el que sufre en cambio Francia o como el que sufre toda Europa, pero luego van apareciendo otras expresiones en la misma dirección y ese espacio público lo tenemos que preservar para, justamente, lo que siempre fue y debe ser: el lugar en el que todos nos encontramos, el lugar donde todos nos respetamos. El Estado es eso. El Estado democrático es eso. La República laica es eso. Es el lugar donde, más allá de cualquier opinión filosófica o creencia religiosa, podemos convivir en el ejercicio de nuestras libertades y en el ejercicio cívico de nuestros derechos y obligaciones. Y eso lo debemos seguir preservando.

Yo mismo, en su tiempo, tuve también mi debate que muchos de mis amigos —algunos están por acá— bastante me discutieron cuando la famosa “Cruz del Papa” que yo sostuve y que la propuse como una expresión de lo que era el avance de las ideas de libertad, de laicidad y de tolerancia para aquellos que considerábamos la traza de un momento histórico y así lo dice la ley que propusimos y se votó. Una Cruz establecida como monumento histórico, no como objeto de culto. Y eso —nos parecía— mostraba justamente cómo nuestro liberalismo tradicional dejaba lejos lo que podían ser las expresiones jacobinas de otro tiempo. Jacobinas pero necesarias en su tiempo, porque lo que hoy se mira como un jacobinismo radical excesivo, en su tiempo tuvo sentido frente a una Iglesia dominante y opresiva. Opresiva en la sociedad, opresiva en las conciencias, opresiva en la Educación. Aquello fue lo de otro tiempo.

Nosotros pensábamos —y seguimos pensando— que nuestra laicidad es hoy algo que se inscribe en otro territorio. Pero en los últimos tiempos hemos visto cómo, sin embargo, aparecen otras expresiones. Lo hemos discutido públicamente y lo seguiremos discutiendo porque el espacio público debe ser preservado para la neutralidad del Estado, para la imparcialidad del Estado, para un Estado cuya Constitución dice que “no sostiene religión alguna” y que. como consecuencia, debe ser un espacio de concordia y convivencia y no, por el contrario, un factor de fragmentación y enfrentamiento en la sociedad.

Hay que seguir combatiendo por estas cosas. No debería ser necesario. En este terreno, incluso, el de la laicidad, pensábamos que todos estos debates estaban superados. Sin embargo, no lo están. Hay quienes piensan que debe reconquistarse eso. Y no es casual.

Nuestro tiempo, así como ha debilitado tantas instituciones, como este posmodernismo ha debilitado tantas instituciones, muestra indudablemente un ascenso del fenómeno religioso. La batalla del islamismo es una expresión pero lo vemos en otras dimensiones. Lo vemos acá mismo. La propia Iglesia Católica se ve enfrentada a otros cultos que van apareciendo, que la desafían y que van generando otro tipo de expresiones. Estamos en un mundo en el cual el fenómeno religioso ha ascendido. Y eso, que ha de ser respetado como expresión de la conciencia individual, debe ser también limitado, reglamentado y vigilado desde una república como la nuestra, felizmente laica, en la cual todos estamos obligados a respetar esa libertad de conciencia y a preservar ese espacio neutral, ese espacio imparcial, ese espacio en el cual todos podemos convivir.

Principios, entonces, universales; principios, entonces, eternos; principios que son sustantivos en nuestra República. Como decíamos, este Uruguay, que no es simplemente un territorio, porque no estábamos predeterminados a él, que no estábamos configurados como nación desde antes de que llegaran los españoles aquí, como en esos grandes lugares. Que, en cambio, es el resultado de una amalgama de gente que vino de lugares diversos y que se fue asociando, a través de estos principios, como una gran comunidad de valores, este Uruguay —decíamos— debe seguir afirmándose en ellos. Porque somos eso o no somos nada. Somos libres, somos laicos, somos republicanos, somos democráticos, somos representación del espíritu humanista de Occidente o no somos nada. No somos ni estamos determinados por el territorio o por el poderío a ser otra cosa que una formidable comunidad de valores históricos como legado. Valores eternos, mirados hacia el futuro.


Muchas gracias.