Nos ha tocado vivir en un cambio de época.

Desaparecidas las utopías que caracterizaron el período de la Guerra Fría y sus paradigmas, ingresamos en un tiempo en el que todo -instituciones y valores- ha sido puesto en cuestión, y donde el hedonismo, con la carga de insatisfacción que conlleva, y el igualitarismo, que ignora los méritos y las virtudes de cada individuo, pautan las reacciones y las relaciones entre las personas.

 

Por otra parte, siendo los valores producto de la cultura, es evidente que existen todavía claras diferencias al respecto entre las distintas comunidades, que pese al creciente fenómeno de la globalización, o tal vez acicateadas por él, han renovado la reivindicación de sus particularismos regionales, étnicos, sociales y de género.

La democracia y los valores humanistas están siendo cuestionados por los populismos y las corrientes teocráticas y fundamentalistas que en muchos casos no dudan en recurrir al terrorismo.

Y qué decir de los avances tecnológicos, que presionan día a día los límites de lo ético y nos obligan a buscar un equilibrio entre la libertad de investigar y progresar y la dignidad y supervivencia de la especie.

Todo ello ha puesto en entredicho los principios y valores humanistas que caracterizan a Occidente y que tienen vocación universal por ser inherentes a la dignidad humana.

Vivimos en una época en la que la dicotomía izquierda-derecha no alcanza para interpretar y comprender las actitudes y los fenómenos sociales; en nuestra época la disyuntiva es: cultura liberal versus cultura autoritaria.

Por todo esto, en tanto producto genuino del Humanismo, la Masonería puede aportar a la sociedad tendiendo puentes, promoviendo la síntesis en los debates y sobre todo reafirmando el paradigma basado en la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad que ella ofrece a la Humanidad.

Y fundamentalmente los masones debemos, por nuestra condición de tales, relanzar una agenda liberal de derechos (democracia, Estado de Derecho, libertad individual y derechos humanos), promover la laicidad, revalorizar la ética, pública y privada, y por sobre todas las cosas volver a construir ciudadanía.

La Masonería, en tanto parte de la cultura liberal, debe seguir trabajando para que la tolerancia desplace definitivamente a los dogmatismos de cualquier signo y especie, rompiendo así los moldes que de múltiples maneras condicionan la libertad de conciencia y de pensamiento y limitan la inagotable capacidad del ser humano de crear, en los campos material, intelectual y espiritual.

Para la Masonería, las personas tienen derecho a pensar y/o a creer lo que les parezca; por ello nunca consentirá que ese derecho pueda ser constreñido por otro u otros, por personas o por organizaciones.

Ese es el origen y el propósito de la laicidad, que desde siempre ha reivindicado y que debe seguir siendo motivo de sus desvelos. Porque la laicidad (del Estado y las instituciones públicas), compatible con la libertad de culto, de creencias y de opinión (aplicable a las personas), es garantía de la libertad de conciencia y de pensamiento y por tanto piedra angular de la convivencia pacífica en sociedad y de su progreso.

En tanto custodia del pensamiento y el conocimiento humanistas, la Masonería no puede permanecer ajena a los temas que hacen a la dignidad, la libertad y el desarrollo del ser humano.

Como institución cultora del progreso y representativa del humanismo laico en la sociedad, no podemos permanecer impasibles toda vez que los principios y valores que pregonamos se vean afectados.

Para ello, los masones debemos dialogar y trabajar con aquellos que comparten objetivos con nosotros, teniendo presente que los únicos enemigos de la Masonería son la ignorancia, origen de la desigualdad, y el dogmatismo, incompatible con la libertad.

No obstante, no debemos perder de vista que la Masonería no es un actor político - social más, ya que ello desvirtuaría su propósito primordial y la haría fracasar en sus objetivos de regeneración y de integración humana.

En ella han sabido convivir personas de férreo carácter y de diferentes y sólidas convicciones políticas y filosóficas, pero que por compartir su fe en el ser humano y en un mismo credo humanista y laico, han sabido impulsar ideas y valores que por trascender la circunstancia han asegurado un futuro a la Humanidad.

Esa es la exigencia de la hora: darle a los principios y valores humanistas su verdadero sentido y alcance, premisa indispensable para alcanzar una sociedad más libre y más justa.


José Garchitorena
Gran Maestro
Diciembre de 2017